Vivimos en un mundo en el que existen demasiados “Debería
hacer…”. Pero no hablo de los propósitos de Año Nuevo ni nada
de eso. Hablo de lo que está considerado como el deber. Graduarse en el
instituto e, inmediatamente, hacer una carrera. Como si eso fuera una meta o la única vía hacia el éxito. Y,
cuando tenemos dicha carrera, hacer unas prácticas y encontrar un puesto de
trabajo digno. Te guste o no.
Pero, ¿por qué? Cuando hay una persona que se rebela contra
todo esto y dice “No me apetece” todos se le echan encima como leones. “¡Deberías
hacerlo!”. Como si solo existiera un camino para todos. Como si todo el que
estudia derecho tuviera que trabajar en el mismo bufete durante 50 años. Como
si todo estudiante de periodismo tuviera que trabajar en El País. Como si todo
el que tiene filología tuviera que ser profesor. ¿Y si no quiere?
¿Y si después de terminar la carrera se ha dado cuenta de que lo que ama es cocinar? “¡Pero no puede, porque tiraría su carrera a la
basura!”
¿Y qué? La vida es cambio. Es descubrimiento. Es salirte del
camino establecido para abrirte paso entre la hierba por la que nadie ha pisado
antes. Yo no sé vosotros, pero aún estoy experimentando la vida. Será que no
leí bien el manual de instrucciones, pero yo me he dado cuenta de que solo me siento cómoda realizando aquello que va bien para mí según yo, aunque el resto del mundo no lo vea así. Quiero llegar a la vida que me he imaginado, no a la que todos creen que debo llegar.
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